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Cuento corto el roba chicos

Cuento corto el roba chicos

En ciertas regiones del país todavía se suele denominar como “roba chicos” a aquellos delincuentes que raptan a los niños en lugares públicos, tales como parques o centros comerciales.

El cuento corto de sobresalto al que voy a referirme nos deja una enseñanza sobre los prejuicios de la sociedad. Hace más de siete décadas, en una provincia cercana a la capital uno de estos malhechores tenía asolada a la población, pues los infantes desaparecían inclusive a plena luz del día.

Muchas de las madres que veían extraviados a sus pequeños, terminaban en clínicas mentales, pues irremediablemente perdían la razón. Un plan que se les ocurrió a los lugareños para identificar al pillo, fue crear una especie de retrato hablado del agresor.

Teniendo una idea de su aspecto físico, cada vez que alguien observaba a una persona que concordaba con esa descripción, llamaba a los gendarmes y estos a restaban al sospechoso hasta que éste lograba demostrar su inocencia.

Mucha gente fue a parar a las mazmorras y sin embargo las desapariciones de los niños seguían ocurriendo.

Cierto día de marzo de 1927 Jacinto salió a ordeñar a sus vacas y observó como un misterioso hombre estaba parado al frente de su casa. El sujeto vestía con harapos, más llevaba consigo un saco grande de yute.

– Es él, es el roba chicos. Pensó Jacinto.

El granjero le hizo la plática al forastero y lo invitó a que pasara a comer un poco de puchero y a beber un buen vaso de vino.

Ambos hombres cenaban tranquilamente, pero Jacinto no le quitaba la vista de encima al costal. La cosa se puso peor cuando de repente surgieron unos sonidos desde el interior del saco, muy parecidos al llanto de un bebé.

Fue entonces cuando Jacinto aparentemente confirmó sus sospechas y comenzó a golpear al pordiosero de una forma brutal. Tan bravos fueron sus embates que al poco tiempo el otro hombre quedó sin vida.

Luego el granjero se acercó al costal y se quedó de piedra al ver que lo que estaba adentro era un becerro.

La moraleja es que nunca debes juzgar un libro por su cubierta .